Feliz Nuevo Año, aunque un poco tarde mis felicitaciones. Les agradezco a todos los que leen anonimamente y a la que no; Magda :) que siempre deja un comentario, gracias por eso, no sabes lo bonito que es saber que alguien deja un mensaje después de leer.
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@conigliooooo |
La navidad había llegado en un abrir y
cerrar de ojos, la época más esperada por todos. Me gustaba el ambiente festivo
que rondaba en todo el bosque, las aves solían cantar con más entusiasmo que de
costumbre, o bueno era lo que sentía al escucharlas. Las flores parecían tener más
vivos sus colores, haciendo que mi jardín no tuviera que envidiarle nada al de
Alicia en el País de las Maravillas.
Mí amado árbol de cerezo, cuyas flores
eran pequeños pétalos que si los doblabas parecían la mitad de un corazón,
estaban de un rosado de ensueño, me instaba a querer pasar bajo su sombra todo
el día, y maravillarme con el placer que podía contemplar, aunque por los
momentos sola.
Señor Conejo como era de costumbre,
venia esporádicamente, ya no podía adivinar que día vendría, porque ahora se
tardaba más, y más, cada día mas, claramente la añoranza crecía y crecía, pero
en el fondo me hacía feliz que el anduviera por ahí, siendo libre y volviendo a
mi cuando deseara mi compañía.
No recordaba la última hora del café
que habíamos tenido, porque el tiempo se había vuelto relativo; me parecían
milenios, cuando en realidad solo a lo mucho unos 5 días ya de su última
venida. No estaba triste, mis días seguían su rumbo, hacia las cosas que de
costumbre solía hacer: contemplaba mis flores, mis árboles, los atardeceres, y
tomaba café sola.
Sí bien era el mismo café que solía
beber con Señor Conejo, por alguna razón sabia diferente sin su presencia, era
como si él fuese la azúcar que le daba el dulzor a mi bebida, y sin él, solo
era agua con color, que no lo descubrí, hasta que el volvió a mí.
Tiempo atrás acostumbraba solo beber
café cuando él llegaba, pero cuando sus venidas se fueron haciendo más y más
lejanas, tuve que empezar a beberlo sola, y entonces llegó de pronto un día,
nos sentamos debajo del árbol de cerezo; al ocaso del sol, y el primer sorbo de
café que tomé, me supo a café… con dos cubitos de felicidad.
Él me hacía ver que le aportaba un
cubito de felicidad extra, a todo lo que estaba cercano a él. No es que estaba
triste sin él, solamente normal, tranquila, sin nada que hiciera acelerar mi
tranquilo corazón, que me hiciera sentir que sus cubitos de felicidad, era algo
que no sabía que me faltaban, que las cosas eran dulces sin él, pero con él, la
dulzura de la vida se multiplicaba.
No sabía por qué el de su venir cada día
con mas distancia, no le quería preguntar, quería que si tenía algo que
compartir, lo hiciera porque así lo deseaba, no porque se lo preguntara, y si
no deseaba contar nada, entonces no era
quien para enterarme.
El invierno estaba pronto a llegar, lo
podía notar en el cambio del aire, se sentía tan pero tan refrescante en pleno
mediodía que era casi una delicia, y también lo hacían los animales. Los
pajaritos solían abarrotar por completo los arboles alrededor de mi casa, los
venados se atrevían a pasar corriendo a lo largo de mi hogar más seguido,
muchos más animales se estaban haciendo visible, a lo mejor para prepararse
para el invierno, o tal vez solo estaban como yo, disfrutando del maravilloso
clima.
Cierto día, de la misma semana previa
al inicio del invierno, llegó Señor Conejo, se avecinaban fechas festivas, en
medio del invierno y sabía muy bien se
refugiaría en su madriguera; a unos metros de distancia y no conmigo, como
hubiese deseado.
Hice la rutina de siempre en modo automático,
fui a la cocina, prepararé nuestro café,
lo serví en nuestras tazas especiales, abrí un paquete de galletas con cubierta
de chocolate y subí a mi habitación. Él estaba sentado al pie de la ventana,
con la vista perdida en el horizonte.
Me preguntaba porque volvía, a veces lo
tenía claro, o pensaba que así lo hacía, pero en otras ocasiones no sabía el porqué
de su volver, aunque pasaran más días, y creyera que no volvería, él lo hacía;
sorprendiéndome, así como hoy, ya ni recordaba de la última vez que había
vuelto a mi casa, pero se sentían milenios en mi corazón.
-El invierno está cada vez más cerca-
dije en voz alta, sacándolo de sus pensamientos al instante. Volteó su cabecita
peluda blanca y me miró. Me acerqué a la ventana y le ofrecí lo de siempre,
donde siempre. Él me sonrió de una manera que la sonrisa le llegó hasta los
ojos, y eso valía más que mil palabras.
Continúe hablando mientras me sentaba a
su lado en mi silla. –Quiero adelantarme y ser la primera que te desee feliz
año nuevo Señor Conejo.- él dejó su café a un lado para ponerme total atención.
– Quiero que este nuevo año bailes conmigo en la oscuridad, sin miedo a
tropezar, y caer, porque si eso llegase a pasar, yo te ayudaría a ponerte en
pie.- Señor Conejo estaba enmudecido, su rostro era un poema, no vi su
intención de interrumpirme por lo que continué. – Quiero que dejes atrás el
miedo que tienes de mí, y puedas confiar plenamente, porque siento, eso te
aleja cada día que pasa más de mi lado, no sé si es así, pero es lo que siento.
Solo entonces él habló. – Yo confío en
ti Kau, no malinterpretes cuando me alejo, simplemente soy así, un día estoy al
otro no estoy.
Era tan cierto lo que decía, un día
estaba pero muchos días no, y al final
del mes, eran más los días que no estaba que los que sí, y no era algo que
remarcar en letras de neon, pero ambos lo sabíamos, y ambos continuábamos hasta
que un día todo terminaría, y se desvanecería entre nosotros.
No me terminé de tomar el café, por
alguna razón ya no me sabía a ese su sabor, sino era agua simple con color. Lo
vi marcharse desde la entrada de mi casa, no sabía cuándo volvería, ni me atrevía
a preguntar, porque era condicionar a que me diera una fecha que tal vez no iba
a querer, pero por cumplir volvería, y que volviese por deber mejor que no lo
hiciese.
***
La nieve comenzó a caer, día tras día,
mis amadas flores todas estaban del mismo color ahora, ya no había más grama
verde por la cual caminar, ahora todo era blanco, hasta el sol ya no era igual;
su luz era opaca, pero no me podía dejar de contaminar por el aura depresiva
del ambiente, así que comencé a hacer mi propio jardín en mi habitación.
Tomé hojas de papel de todos los
colores que encontré y comencé hacer rosas de origami. Me tardé aproximadamente
4 días en terminar de hacer más de 1 docena de cada color. Fui a buscar luces
de las que poníamos en el árbol de navidad, para iluminar mi cuarto y darle
vida, ya que era muy difícil tratar de ver eso afuera.
Había conseguido varias cortinas de
luces blancas, que las colgué por todo mi cuarto, las rosas de origami de todos
colores, las fui intercalado con las luces, las tiré en el piso, pegué unas
cuantas en conjunto para simular ramos,
puse uno en el baño, en la sala, en la cocina y muchos en mi habitación,
parecía como si la primavera hubiese vuelto.
Primavera en mi habitación.
Invierno en el exterior.
Pero mi corazón… era una mezcla de los
dos en esos momentos.
Un día de pronto, lo vi llegar en plena
tormenta. Se había empapado totalmente, su pelaje ya no era blanco sino negro
por el lodo, y todo su cuerpo temblaba a causa del frio. Inmediatamente fui a
preparar café. Lo sequé con mi toalla, y lo abracé para darle mi calor. Podía sentir
como aun temblaba contra mi pecho, a pesar de todas las colchas que tenía.
No sé por cuánto tiempo más tembló,
pero cuando lo dejó de hacer pude respirar tranquila. Aun seguíamos
abrazados a pesar de que ya había
entrado en calor, pero ni él ni yo queríamos separarnos, no me molestaba
tenerlo así, y a él tampoco al parecer.
Nos quedamos dormidos unas cuantas
horas, hasta que él me despertó y me insto a salir. Me abrigué y como pude a él
también. Comenzamos a caminar sin rumbo fijo pensé, por muchas millas a través
de la calle principal que estaba a las afueras del bosque.
Era raro que usáramos esa vía, pero no
dije nada y lo seguí.
Llegamos al puente, que conectaba la
ciudad con mi isla, nos detuvimos frente la barandilla, contemplando las luces
lejanas de todos los edificios en plena noche de invierno, se acercó más a mí, abrazándome
completamente y susurrando a mi oído dijo:
- Sé que amas los colores de la
primavera, pero estamos en invierno y será uno muy largo, así que mi regalo es
este, mi pequeña, una breve ilusión en medio de la noche en este invierno, una
primavera artificial hecha por esas luces fabricadas y mi compañía.
Las palabras para agradecerle estaban
atoradas en mi garganta, sin poder articular ninguna de ella, quería hacerlo
pues rara vez hacia cosas como estas, su acto valía más que cualquier cosa, que
cualquier palabra, que cualquier olvido, estaba completamente anonadada nunca
me imaginé que él saldría casi a la ciudad.
Nunca hubiese pensado que estábamos caminado hacia
mi obsequio, o bueno lo que él decía era, porque mi regalo lo había recibido
desde el día que lo conocí, a lo que solo pude abrazarlo más fuerte sin querer
soltarme y que él no me soltara no por ahora.
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